La ley de la Resonancia

La única verdad que es nuestra por derecho es la del amor incondicional

La ley de la atracción, la ley de asunción y la ley de polaridad o dualidad, entre muchas más, nos enseñan los principales principios que hacen que nuestra vida se mueva en una dirección u otra. Para mí, cómo vibra nuestro ser en su totalidad, sumando energía consciente e inconsciente, es como el viento que puede soplar a favor, o por el contrario, puede provocar que nos tambaleemos en algún momento de nuestra vida.

Creo que la única ley universal es el amor, es la vibración más pura y fuerte de la toda existencia humana o no. Un objeto no tiene alma pero sí dispone de su registro akáshico o incluso comparte memorias de su colectivo. La consciencia de verdad no fragmentada es la fuente abundante y rebosante de conocimiento, de sabiduría, es una energía tan altamente vibrante en luz, que solamente pocos arcángeles pueden sostenerla a su mirada. Dicen que solamente el Arcángel Metatrón es capaz de sostener la potencia de la Divinidad frente a él, por eso es portador de tres alas.

Esto no quiere decir que no podamos comunicarnos con la fuente primogénita de luz, de echo cada dimensión dispone de sus propias herramientas para conectar y canalizar a Dios. En sí, cada partícula de este universo y de todos los multiverso, es un canal directo al amor incondicional. Cada alma es un latido de vida de la Divinidad, una piedra, un río, las estrellas, los planetas, los guías, los ángeles, los duendes, los Dioses y Diosas, Jesús… son la magia en luz de Dios.

 

 

La maquinaria invisible del Universo se rige por leyes energéticas que hablan de vibración y frecuencias.

Se utiliza mucho la frase “lo que es para ti llegará”. Se que la intención es motivar y animar, pero obviamos toda la información que nos identifica como un alma encarnando en infinitos personajes, la de nuestros ancestros, colectivos inconscientes, etc…

Desde la mente se tiende a querer diferenciar “atraer de encontrar” o buscar… “yo no busco, encuentro” o “yo atraigo no busco”. Creo que no deja de ser el ego intentando justificarse. Si somos energía, no importa el adjetivo o etiqueta que pongas a tu acción, porque lo que venga a ti será la resonancia perfecta de cómo vibras, tú y todas tus historias pasadas.

También he caído en creer las charlas de mi ego y he dicho eso de: “al menos no lo he buscado, ha venido a mí”…

La caja de Pandora de cada alma es peculiar, con joyas y tesoros, pero también con oscuridad pendiente de dar claridad (el karma). ¿Cuál es nuestra misión de vida? Dar amor y luz a nuestros pasados, limpiar cada átomo de densidad que se quedó estancado en nuestro campo aúrico o vibracional. No podemos soltar el pasado sin comprender, sin acunarlo desde el no prejuicio, no podemos desvincularnos de la oscuridad porque somos materia. Hemos de convivir con nuestra sombra observándola con luz. Esta es la principal misión de vida de cada ser humano. No puedo pretender que el mundo viva en paz si en mi interior hay guerra. No ayudo a mi amiga diciéndole que es un ser de luz, si en mí siento que no me merezco el amor de la Divinidad.

Damos pasos en retrógrado (lentos y hacia atrás), sin tomar consciencia de cómo nos movemos por la vida. La culpa y señalar con el dedo no nos emancipa hacia la madurez emocional, hacia la sanación, más bien nos bloquea la evolución y aprendizajes.

Poner amor donde no lo hubo

Cuando paso por procesos densos y duros, le suelo decir a mi alma: “¡me tienes contenta!, con tanta limpieza kármica. ¿Qué pasa, que hemos agotado el saldo de encarnaciones?…” Bueno, todo esto se lo digo entre lágrimas y suspiros, porque tengo un karma que me agota. Después, acabo riéndome y le pido que sea un poco más dulce y suave conmigo. Porque creo en mi alma y en su propósito para mí en esta vida.

A veces, esos propósitos álmicos “serán más de lo mismo”. Situaciones o personas que aparecen (¿buscando, atrayendo, encontrando?) en nuestra vida porque la ley del amor incondicional nos manifiesta que hay una ausencia de luz en nosotr@s. Se requiere de una inmensa paciencia y auto reflexión.

En ocasiones, provocamos a la oscuridad. Pero, no deja de ser información en nuestro ser que carece de luz y necesita urgentemente consciencia para transmutar en amor. Como cuando elegimos hacer algo que nuestra alma sabe que nos hará sufrir. El libre albedrío no es exento de su vibración en un universo energético.

A mis 40 años he aprendido que no puedo escapar del pasado, no puedo soltarlo sin más, no puedo rechazar lo que hice, quién fui, lo que “me hicieron”. Tampoco fustigarme por ello, ni condenarme a vivir sin merecimiento. Si algo se repite en mi vida, quizás me esté mostrando un pequeño llamamiento de atención para que le de amor. Como la rabieta de un hijo. Como las pataletas que nos montan nuestr@s niñ@s interiores.

Amar a la sombra no significa ser sumis@s, aguantar lo que sea o vivir experiencias de desamor y lamentarnos desde el victimismo. Más bien, es comprender que tenemos que dar luz, limpiar nuestro juicio sobre ello, respetar, aceptar, maternizar lo que viene proyectado, ya que es información que está dando voz a algo de nosotr@s. Curar la mente requiere honestidad y ganas de seguir caminando sin cadenas en los tobillos.

El ego siempre se quejará, verá monstruos y los juzgará, no se reconoce a sí mismo porque rechaza la luz. Sin claridad estamos perdidos en espacios energéticos carentes de amor y consciencia. La teoría es muy bonita, pero sé, por experiencia propia, que la práctica y aprendizaje se pueden teñir de días grises.

 

Despertar en consciencia es progresivo y sin práctica solo sirve para que el ego construya un alter-ego llamado ego espiritual. El alma viene a experimentar, a llevar a cabo su plan trazado con tanto esmero y cuidado. El Maestro Jesús también lidiaba con su sombra, ¿verdad? Para mí, dejar la mente en blanco no es una opción para sanar, el trabajo está en dar amor y amar, en que si aún sigue con oscuridad alguna zona de nuestra vida, darle luz, tener paciencia, confiar en la intuición, perdonar y perdonarnos a nosotr@s mism@s, en aprender a amarnos como nos ama la Divinidad. Esta es la ley de la resonancia del amor incondicional.

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